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Una flor para cada dolencia del alma


No existe gripe que no tenga su componente mental, advierte la afamada médico pediatra y homeópata venezolana Carmen Lee, mientras explica el cómo y el porqué de la terapia floral de Bach y su alto grado de efectividad, alertando al mismo tiempo sobre el peligro real representado por charlatanes y curanderos.

Las flores son poseedoras de una asombrosa concentración de energía vibratoria primordial que se puede utilizar para curar nuestros estados emocionales negativos, considerados las verdaderas causas de las enfermedades, para restablecer el equilibrio psicológico y armonizar la personalidad.

Hoy lo sabemos gracias al genial y metódico galeno inglés Edward Bach, creador de la famosa terapia conocida como Las Flores de Bach, método aceptado por la Organización Mundial de la Salud en 1976.

Aunque actualmente muchos pretenden ser los padres de la criatura, es interesante anotar que hace más de cuarenta y cinco siglos los emperadores de la China buscaban curar sus pesares y angustias recogiendo con sus reales dedos el rocío matutino guardado en las flores de sus jardines y llevándolo a sus bocas, guiados por su intuición o quizás por un conocimiento ancestral.

Con la convicción de que la enfermedad corresponde a la desarmonía vibratoria frente a la vida y apoyado en su exquisita sensibilidad para captar la energía, así como en su facultad para detectar la frecuencia vibratoria de determinadas flores, Edward Bach trabajó en Gales entre los años 1930 y 1936, seleccionando sus flores en la campiña inglesa entre aquellas de vibración particularmente elevada, conformando así su sistema de curación de los estados negativos del alma, tan conocido y respetado actualmente.

El sistema se basa en 38 esencias de diferentes flores y una correspondiente a agua de manantial, absolutamente libre de efectos secundarios.

Se sabe que Edward Bach pasó personalmente por varios estados emocionales enfermizos, lo cual le facilitó el hallazgo de la esencia de flor específica que lo podía curar y devolverle la paz espiritual. Colocaba las flores en un recipiente con agua y las exponía al sol hasta que el calor trasladaba su fuerza vital al líquido que llegaba a chispear y burbujear. El agua era embotellada y le añadía una pequeña cantidad de brandy.

Para cierto tipo de flores, Bach utilizó el método de hervirlas durante media hora. Agrupó las esencias en siete grupos para tratar el miedo, la incertidumbre, la soledad, el desaliento y la desesperación, la falta de interés por el entorno, la hipersensibilidad a las opiniones ajenas y la excesiva preocupación por el bienestar de los demás

Terapia preventiva

En los países latinoamericanos, la terapia floral de Bach tiene muchos cultores y seguidores, como la médico pediatra venezolana Carmen Lee, graduada en su especialidad hace 34 años y dedicada a la homeopatía y terapia floral desde hace casi dos décadas. Ella es autora, además, de una serie de publicaciones y obras sobre medicina alternativa, autoayuda en la sanación y tratamiento de los estados emocionales con las flores de Bach.

A Carmen Lee le parece muy importante alertar al público interesado en la materia sobre el peligro que representa el fanatismo o la tendencia a ortodoxias radicales, tanto en el campo de la medicina alópata, en el cual los especialistas pretenden tapar el sol con un dedo por exceso de racionalismo, como en el de la medicina alternativa, donde lamentablemente abundan los curanderos y charlatanes.

La especialista advierte que “naturalmente a ningún terapeuta respetable se le ocurriría reemplazar, en el tratamiento a un diabético, las inyecciones de insulina por gotas de esencias florales, porque lo conduciría a la muerte”.

 

 

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