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Blair
hace historia
LLUÍS FOIX - 06/05/2005 - 20.05 horas
Tony Blair ha hecho historia al convertirse en el primer
laborista que gana unas elecciones generales por tercera
vez consecutiva. A pesar de las acusaciones de mentir
deliberadamente sobre la guerra de Iraq y a pesar de la
ralentización de la economía en los dos últimos años,
Blair ha seguido los pasos de Margaret Thatcher que
también fue elegida por tercera vez.
Los laboristas han perdido cien escaños aunque su
mayoría sigue sólida con 66 diputados por encima de la
mayoría absoluta. Han dejado muchas plumas por el camino
pero siguen ocupando la centralidad de la política
británica. Por eso gobernarán otros cuatro años.
Ya no se habla de la “tercera vía” que llevó por primera
vez a Blair a Downing Street. Los laboristas históricos
tenían el propósito de cambiar el país. Blair ha
preferido cambiar el partido y así poder influir en las
grandes cuestiones del país. Una actitud inteligente
desde 1997 fue la de no cambiar aquellas políticas que
mantuvieron a los conservadores de Thatcher en el poder
durante casi veinte años.
Blair cambió la radicalidad del laborismo de los años
sesenta y setenta. Escuchó a la gente, supo entender lo
que pedían, y robó el traje y la cartera a los
conservadores que todavía andan buscando un líder y un
discurso. El candidato “tory”, Michael Howard, ha hecho
lo que estaba escrito en la pared si perdía las
elecciones. Ha dimitido de su cargo obligando a los
conservadores a plantear un nuevo debate, el cuarto
desde la derrota de John Major en 1997, para intentar
ganar las próximas elecciones.
Harold Wilson pretendía hace un cuarto de siglo
convertir al laborismo en un partido natural de
gobierno. No lo consiguió porque era prisionero de los
sindicatos radicales y del ala izquierda del partido.
Blair sí que ha situado al laborismo como la fuerza
imprescindible de la política británica.
Sus momentos de gloria, sin embargo, tienen muchos
nubarrores que anuncian tormenta. Su clara victoria se
basa en un 36 por ciento de los votos, el porcentaje más
bajo de la historia para un partido que gana las
elecciones. Al proclamarse vencedor dijo que había
“escuchado y aprendido” el mensaje que le había
trasladado el electorado.
La guerra de Iraq, basada en una mentira masiva, ha
dividido a la sociedad británica. Pero no hasta el punto
de enviarle a casa porque la alternativa de los “tories”
o de los liberal demócratas no era más creíble que la de
los laboristas. Pero el fantasma de la guerra seguirá
persiguiendo a Blair y también a Bush. Una cosa es ganar
unas elecciones y otra muy distinta es convencer a la
ciudadanía sobre una decisión que la experiencia de cada
día demuestra que fue del todo equivocada.
La cara de preocupación en las comparecencias de Blair
tras la victoria no acusaba solamente el cansancio de
unos días frenéticos. El nuevo primer ministro parecía
hablar más pensando en lo que ocurre en Francia que lo
que habían dicho los votantes británicos. Si los
franceses se pronuncian en contra de la Constitución
europea, Blair no tendrá muchos problemas para posponer
o incluso anular el referéndum que ha prometido a los
británicos. Pero si dicen sí, tendrá que someter la
Constitución a votación en la primera mitad de 2006.
Será su gran reto. Si los británicos dicen no tendrá que
dimitir y dejar el camino libre a Gordon Brown que ha
sido su sombra en los últimos años. Pero si consiguiera
meter a Gran Bretaña en Europa, con euro incluido,
entonces sí que saldría por la puerta grande.
Al margen de todas las luces y sombras que ha proyectado
Blair en los últimos cuatro años, es justo reconocer que
es un político de raza, un hombre que entiende a su
gente que ha comprado su liderazgo por tercera vez
consecutiva. Un récord que ningún laborista había
alcanzado
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