El tema de hoy tiene que ver con cierto tipo de
mujer, que abunda dentro del género femenino y de cierta manía
nuestra de encajetarnos con ellas. Ocurre que un día vamos por allí
caminando tranquilamente por la vida, y nuestro camino se cruza con el
de ella. Es el momento fatal, nuestra vida cambiará
irremediablemente, y no precisamente para bien.
- Hola! - nos saluda tiernamente, mientras
nos debatimos entre estertores y convulsiones para poder articular una
puta palabra. Un par de minutos después y tras un esfuerzo hercúleo
para controlar esfínteres y no mearnos encima, logramos corresponder
el saludo. Error!, acabamos de meter la pata hasta lo más profundo,
pero bueno, quién carajo puede resistirse a semejantes gomas, un culo
perfecto, unas gambas espectaculares y una boca que despierta la zona
más negra de nuestra imaginación?. Eeeh??. Nadie, se los aseguro; y
quien diga que si, miente descaradamente... o es puto. La cosa es que
logramos que la señorita nos de un poco de bola, obtenemos su número
de teléfono y tras la promesa de volvernos a ver seguimos nuestro
camino, felices y saltando la cuerda como la nena de la margarina.
Pasan los días y logramos que le señorita
nos conceda citas con cierta frecuencia. Comienza entonces el
principio de nuestro fin. Después de un tiempo de salir y mucha
franela, le confesamos nuestro amor a la señorita y que lo nuestro no
es solo una brutísima calentura sino que, además; perseguimos fines
serios. Ella nos responde con evasivas, argumentando pelotudeces pero
sin desesperanzarnos del todo. Comenzamos entonces a perdernos de todo
lo que nos rodea y nos convertimos súbitamente en algo parecido a un
médico brujo de alguna tribu perdida del Amazonas, y no es para nada
raro encontrarnos a nosotros mismos vistiendo extraños ropajes,
practicando antiguos ritos vudú y aullándole a la luna llena en la
terraza de nuestro edificio para desconcierto de nuestros amigos y
familiares, quienes comienzan a sospechar que algo raro nos pasa.
Al poco tiempo, no sabemos si por causa de
los rituales o la puta casualidad, logramos que la señorita venga a
nuestro bulo y tras no poco esfuerzo, logramos ponerla en bolas y
convencerla que si accede a hacerlo con nosotros; entonces no se
convertiría en una violación. Pasamos una agitada noche, que vuelve
a repetirse algunas veces más, después de lo cual la señorita nos
confiesa su amor, y cae rendida a nuestros pies, preguntándose dónde
carajo estuvimos todo este tiempo. No se donde, pero deberíamos haber
continuado allí.
Increíblemente, ella se ha enamorado de
nosotros. Pero cuidado, porque el hechizo ha de romperse cuando suenen
las doce. Pueden pasar solo unos pocos días, semanas o meses; la
cuestión es que durante todo ese tiempo hay que meterles un puño en
la boca para que dejen de hablar de lo enamoradas que están; de lo
maravilloso que es para ellas poder estar con nosotros; lo genial,
divinos, simpáticos y dulces que somos; lo bien que hacemos "frike-frike",
etc. Pero he aquí que pasado ese tiempo, un día llegan a nuestro
bulo, donde uno las espera recién bañadito, perfumadito y con
terribles ganas de intentar aquellas poses del Kamassutra que no nos
salieron la última vez, solo porque no elongamos lo suficiente como
para introducirnos el dedo pulgar del pie izquierdo en la oreja
derecha, mientras con nuestro codo del brazo derecho estimulamos el clítoris
de nuestra amante pareja. Suena el timbre y uno corre
desesperadamente, tropezándose con la mitad de la cosas que encuentra
en su camino y abre la puerta, extendiendo los brazos y diciendo:
- Llegaste mi aaammmooorrr!.
- Psé, llegué - nos responde ella secamente, mirándonos con cierta
repugnancia.
Ahí es donde uno se percata que algo malo
sucede y que además, se ha quedado como un imbécil, parado en la
puerta con los brazos todavía extendidos e intentando tragarse una
inmensa sonrisa, tarea en verdad muy difícil. Cerramos la puerta
lentamente; ella ya se ha instalado cómodamente en nuestro sillón
favorito, compañero de tantas juergas, donde hemos practicado con
ella, y con otras, toda clase de poses inimaginables, pero con una
cara que deja fuera de toda duda que no quiere ni siquiera que la
miremos.
- Qué pasa, bichito? - pronunciamos en voz
tan baja que ni siquiera nosotros podemos escuchar, pero pierdan
cuidado que ella si. A continuación, bichito, enciende la máquina de
decir boludeces y nos larga un rollo de aquellos, exquisitamente
sazonado con excusas varias y una pizca de ninguna razón de peso, por
lo cual:
- Es mejor dejarlo ahí, viste!
No, no vi, un joraca, viste!. Escuchamos
atentamente, y aunque destrozamos sistemáticamente cualquier
argumento que ella esgrima, ya está todo decidido. No va mááásss:
nnnegrooo elll fffuturooo!. Y allí quedamos, en nuestro viejo sillón,
con una pila de pretextos en la mano y sin enterarnos por que miércoles.
Caballeros, camaradas, compatriotas: alguna
vez han de cruzarse sus caminos con el de éstas damiselas. Mi más
sentido pésame por ello.
Ben.