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AMOR SOBRE RUEDAS
Sexo: la otra historia del automóvil
Autor: ESPAÑOL (de España)
El automóvil heredó del coche de
caballos no sólo el nombre y su condición de medio de transporte,
sino también la de ser capaz de convertirse en un improvisado y, a
veces, discreto lecho de pasiones.

F. I. LIZUNDIA
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Los
jóvenes son quienes mejor han explotado las
potencialidades que ofrecía el coche para los
devaneos amorosos. La necesidad hace virtud. CORBIS |
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Los españoles nos jactamos de ser uno de los pueblos sexualmente más
satisfechos del mundo, aunque parece ser que la frecuencia de
nuestras relaciones deja algo que desear, según se deriva del Global
Sex Survey de 2003, llevado a cabo anualmente por el fabricante de
preservativos Durex. Curiosamente, esta deficiencia afectaría menos
a los conductores de coches de la marca BMW.
Lo paradójico es que, aunque figuramos en el cuarto lugar del índice
de satisfacción sexual –sólo por detrás de Tailandia, Vietnam y
China–, practicamos las artes amatorias con bastante moderación.
Según el citado informe, ocupamos el vigésimo lugar de la tabla con
una media de 123 relaciones sexuales al año. Es decir, dos a la
semana, más alguna alegría en fechas señaladas y en vacaciones. Sin
embargo, tan poco apego por la coyunda no impide que los españoles
figuren entre los preferidos por las mujeres de todo el planeta,
situándose sólo por detrás de los italianos.
POCA CALIDAD
Pero si hay algo que equipara a casi todas las nacionalidades,
española incluida, es la utilización del coche como escenario de sus
escarceos amorosos, aunque más por obligación que por propia
elección. Sin embargo, los expertos en la materia desaconsejan que
se utilice el automóvil para iniciarse en el sexo. Alegan que lo
restringido del espacio dificulta las maniobras, ya de por sí
complicadas para la mayoría de los primerizos, además de restar
romanticismo y calidad al encuentro.
Sea como fuere, la cuestión es que la proliferación de los coches
–de los que había 170 millones de unidades en todo el mundo en 1968,
que han alcanzado los 800 millones este año y que si nada lo impide
llegarán a 1.200 millones en 2030– no sólo ha facilitado el acceso
de los jóvenes al sexo, sino que también ha alterado su práctica y
su frecuencia. Ya lo vaticinó Heráclito de Éfeso, cuando en el siglo
VI antes de nuestra era enunció su «panta rei kai uden menei» (todo
fluye, nada permanece).
En cualquier caso resulta curioso que el coche no sólo haya heredado
su nombre del coche de caballos, sino también la posibilidad de
convertirse en un nido de amor. Quien dude de que los carruajes eran
también tecnología de doble uso, no tiene más que leer la conocida
Madame Bovary, de Gustave Flaubert, para cerciorarse.
El automóvil, por su parte, no sólo ha mejorado la movilidad de sus
predecesores de tiro animal, sino que también resulta más cómodo que
aquéllos para las artes amatorias. Así, los modernos sistemas de
climatización permiten graduar con precisión la temperatura del
habitáculo, lo cual hace que los coches sean practicables para
fomentar el conocimiento íntimo del otro incluso en los fríos meses
de invierno.
Los elaborados sistemas de audio también contribuyen a crear el
ambiente adecuado para propiciar el acercamiento. Asimismo, la
mejora del aislamiento acústico y el hecho de que numerosos
vehículos dispongan de cristales ahumados o tintados procura a los
atareados amantes una cierta intimidad, a pesar de que a veces éstos
llevan a cabo sus actividades acrobáticas en lugares no siempre
retirados.
Hay quienes discrepan con este punto de vista y aseguran que el
coche de caballos ofrecía ventajas sobre su primo de tracción
mecánica.
Uno de ellos es David L. Lewis, quien en su artículo «Sex and the
Automobile: From Rumble Seats to Rockin’ Vans» (Sexo y el coche: de
los asientos descubiertos a los monovolúmenes mecedores) afirma que
el caballo ofrecía la ventaja «de saber el camino de vuelta a casa».
«En una carretera conocida, el Romeo rural podía atar las riendas al
soporte para el látigo, y confiar en que el rocín mantuviera su
tranquila marcha por mitad de la carretera. Entonces, como ahora,
dos manos son siempre mejor que una», afirma Lewis.
No obstante, el autor reconoce que las calesas también tenían «sus
inconvenientes. Dejaban entrar a los mosquitos en verano y el frío
en invierno, y los caballos a veces hacían ruidos difícilmente
compatibles con el amor». Los coches actuales no sufren estos
problemas, aunque esto no siempre ha sido así. Los primeros
vehículos, al ser versiones motorizadas de los carruajes de la
época, también compartían el problema del frío y los mosquitos,
aunque no los relacionados con la digestión de los nobles brutos.
LOCOS AÑOS 20
En los años 20 comenzaron a llegar los primeros vehículos cerrados.
Éstos incluían ya calefacción y asientos de mejor diseño, que en
algunos casos eran desmontables, lo que ampliaba sustancialmente la
superficie operativa. Los locos años 20 no sólo vieron el nacimiento
del charleston, de la Bau-haus, del art déco o de hazañas como el
primer vuelo transatlántico de Charles Lindbergh. Aquella década que
pretendía deshacerse de los sinsabores de la Primera Guerra Mundial
y que acabaría en el crack bursátil de 1929, también fue testigo de
la inagotable creatividad de los amantes.
Las generosas aletas, los largos estribos y los prominentes capós de
los grandes motores en línea de la época –como los de los Alfa Romeo
8C, los imponentes Duesenberg o los Mercedes-Benz SSK– también se
convirtieron en nuevos terrenos de juego en los que los más fogosos
lograron satisfacer su libido. Los abundantes cromados también
contribuyeron a aplacar las apetencias voyeurísticas de más de uno y
a superar los rigores de la Ley Seca.
En los años 30, enfrentados con la Gran Depresión y el inicio de la
Segunda Guerra Mundial, los amantes dieron rienda suelta a su pasión
con la urgencia de un hoy sin mañana.
Contaron para ello con los generosos habitáculos de los Talbot Lago,
de los Lancia Astura o de los Chrysler Imperial. Para los menos
afortunados quedaban las apreturas de los Morris Eight, de los
Pontiac Economy Eight o de los Citroën 11, un modelo que compensaba
en parte esta carencia con un disuasorio ahí-te-pudras, para la
ineludible carabina.
En la década de los 40, marcada por el fin de la Segunda Guerra
Mundial y, casi sin transición, por el inicio de la Guerra Fría
(1947-1987), los estadounidenses descubrieron la utilidad de los
motocines –nacidos en 1933 en Camden (Nueva Jersey)– para
perfeccionar sus habilidades amatorias.
En la Vieja Europa devastada y empobrecida por seis años de salvaje
contienda, los más jóvenes, y quienes ya no lo eran tanto,
recurrieron de nuevo a los vehículos de tracción animal para buscar
algo de intimidad ante la carencia de medios de locomoción
motorizados no comunitarios.
La llegada del rock & roll marcó el inicio de los 50. La bonanza
económica estadounidense y la recuperación de las finanzas europeas
dieron nuevas alas a la juventud. Los coches, cuya producción
comenzó de nuevo en Estados Unidos tras el parón de la contienda,
volvieron a convertirse en lugar de encuentro.
En los años 60, el movimiento hippie y la revolución sexual elevaron
a la condición de mito a furgonetas como la Volkswagen Caravelle o
la Ford Transit. Estos vehículos no sólo fueron utilizados para
retozar entre flores y olor a incienso, sino también para viajar en
busca del nirvana con la marihuana y el ácido lisérgico (LSD) como
combustible. El Mini, de Morris, y la mini, de Mary Quant, también
alegraron más de una existencia.
En España, que empezaba a recuperarse de los 11 años de autarquía
franquista, la alternativa eran el Seat 600, el Renault 4 cv y el
Simca 1.000. Aunque a juzgar por la canción de Los Inhumanos –Qué
difícil es hacer el amor en un Simca 1.000–, no era éste el vehículo
más adecuado para las relaciones íntimas.
Los 70 estuvieron marcados en casi todo el mundo por la primera
crisis del petróleo. En España, que tras la muerte del general
Franco emprendía su transición hacia la democracia, fueron años de
intensa actividad física. La segunda mitad de la década estuvo
presidida por la llegada de la revolución sexual –ya casi agotada en
Estados Unidos y en el Reino Unido, países que la vieron nacer– y
del destape.
Además, la mayor permisividad de las autoridades permitió que en las
proximidades de las grandes ciudades surgieran auténticos
aparcamientos del amor. Los más modernos y más espaciosos Seat 124,
Renault 12, y Simca 1.200 sirvieron ahora a las parejas como terreno
de juego.
La década de los 80 vio cómo los jóvenes comenzaban a disponer de
utilitarios como los Peugeot 205, Ford Fiesta, Renault 5, Fiat Uno o
Talbot Samba que, a pesar de sus contenidas dimensiones, permitían
pasar un buen rato en compañía y sin demasiadas contorsiones,
gracias a la mejor ergonomía de sus interiores.
Con la llegada de la Generación Y –que comprende a los nacidos en
las décadas de los 80 y de los 90–, el coche se ha mantenido como
lugar de encuentros sexuales privilegiado por los jóvenes.
Contribuyen a ello de forma destacada la carestía de la vivienda y
los nuevos usos del mercado laboral.
Paradójicamente, los nuevos vehículos, que resultan mucho más
cómodos para viajar que cualquiera de sus antecesores, son poco
adecuados para la práctica del sexo. Ello se debe, principalmente,
al hecho de que incorporan asientos de formas muy adaptadas al
cuerpo que, curiosamente, dificultan la capacidad de maniobra y los
hace, por tanto, menos practicables.
Además, desde hace algo más de una década en España se empieza a dar
un fenómeno ya existente en otros países como, por ejemplo,
Alemania: el coche se va convirtiendo en un símbolo de posición
social. Una especie de dime qué coche conduces y te diré quién eres.
De hecho, también se han comenzado a detectar patrones de conducta
asociados a cada modelo de automóvil. Así, una encuesta realizada
por el Instituto Gewis entre 2.253 usuarios de automóvil revela que
el 49% de los conductores de Porsche admite haber sido infiel en
alguna ocasión.
Lo sorprendente del caso es que, según otro estudio publicado por la
revista alemana Men’s Car, los propietarios de estos deportivos
alemanes son los menos activos de todos los conductores.
Relacionando ambas encuestas se deduce que los propietarios de
Porsche son más proclives a buscar amor fuera de casa.
En el extremo contrario se sitúan los conductores de modelos de la
marca BMW, que si también figuran entre los menos fieles a sus
parejas –un 46% admite haber tenido algún desliz–, son además los
más activos sexualmente, con una media de 115 relaciones al año, se
supone que extras aparte.
Entre las mujeres, son las que habitualmente conducen modelos Audi
las que tienen más aventuras extraconyugales, mientras que son
aquellas que tienen coches de marcas francesas las que requieren a
sus parejas más veces por semana.
Según el estudio del rotativo germano, los menos animados son los
conductores de coches surcoreanos y suecos, aunque los propietarios
de Volkswagen, Ford o Mercedes-Benz tampoco parecen demasiado
proclives a la pasión.
Para quienes piensan que los coches deportivos y musculosos atraen
más a las chicas, está el experimento llevado a cabo por el sitio
web francés Caradisiac.com. Tres ligones profesionales colocados en
puntos estratégicos de París con sendos Ferrari, pudieron comprobar
cómo cada vez que invitaban a una joven a probar el coche, ésta
salía de estampida.
Lo anecdótico es que las chicas aceptaban gustosas la invitación a
subir a bordo cuando el vehículo era un mastodóntico Hummer.
De lo uno y lo otro se deduce que pese a lo que muchos hombres
afirman, el tamaño sí que importa y que, como la mayoría ya había
descubierto, cuando uno va a ligar, es mejor que no se le note.
ELLAS LOS PREFIEREN
PRÁCTICOS... ¿O NO?
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La relación de las mujeres con el automóvil es uno de esos
arcanos insondables, según se desprende de diversos estudios
realizados hasta la fecha y que son, cuando menos,
contradictorios. Así, Edward Newman asegura en su artículo
Designing for Women (Diseñando para las mujeres) que los
sondeos demuestran que hay seis cualidades básicas que las
mujeres exigen a los coches: que sean fáciles de aparcar,
que tengan asientos cómodos, que ofrezcan buena visibilidad,
que dispongan de amplio espacio de carga, que su
mantenimiento sea sencillo y que, además, pueda ser
fácilmente personalizado.
Hasta el momento, aparte de coches coquetos como el
Volkswagen New Beetle, el Mini o el nuevo Lancia Ypsilon,
tan sólo un automóvil ha tenido en cuenta los requerimientos
del colectivo femenino: el Ford Taurus. En este coche, por
ejemplo, todos los mandos fueron diseñados para que pudieran
ser pulsados o accionados con uñas muy largas.
El Taurus es, además, espacioso, fácil de conducir y de
aparcar, fiable, dispone de un buen maletero y, sobre todo,
no es caro. El resultado ha sido que este coche se ha
convertido en un superventas, con más de seis millones de
unidades matriculadas y conducido, sobre todo, por hombres.
En el extremo contrario está el caso del Dodge LaFemme
(1956), que como recuerda Jim Walczak, era un coche diseñado
por hombres atendiendo a lo que ellos suponían que las
mujeres buscaban. El resultado, como era de esperar, fue un
estrepitoso fracaso comercial.
Pero aunque esto parece indicar que ellas tienen las ideas
muy claras a la hora de elegir un automóvil, hay datos que
apuntan en dirección contraria. Así, la investigadora
Heather Kile, del Swarthmore College, asegura en su artículo
Women and SUVs (Mujeres y todocaminos) que desde 1984 crece
de forma constante el número de mujeres que adquieren este
tipo de vehículos, que en Estados Unidos tienen fama de
inseguros.
De hecho, el 45,6% de los más de 17 millones de SUV vendidos
en Estados Unidos en 2001 fueron adquiridos por mujeres.
Pero otros ejemplos son aún más chocantes. Así la revista
American Woman ha propuesto, como cada año, a sus lectoras
una lista de 12 automóviles para que elijan entre ellos el
Coche del Año.
Curiosamente, todos los modelos propuestos son deportivos y
en su mayoría biplazas altamente testosterónicos, como el
Audi TT, el BMWZ4, el Chrysler Crossfire, el Mercedes-Benz
SLK, el Nissan 350Z o el Porsche Boxster, por sólo citar
algunos. ¡Y se trata de una revista que se supone que conoce
los gustos de sus lectoras!
De todo lo expuesto se deduce que, al igual que sucede con
los hombres, ellas compran aquellos vehículos que resultan
más asequibles o convenientes, pero que si pudieran elegir
con total libertad adquirirían otro tipo de coches muy
diferentes. Lo que sí resulta interesante es que en la lista
figuren un Porsche y un BMW, que en Estados Unidos son
generalmente definidos como «los coches de la crisis de la
mitad de la vida».
Ellas afirman que son capaces de leer la mente de los
hombres como si éstos pensaran en voz alta. Ellos, por su
parte, aseguran que la mente femenina es inescrutable. Por
lo visto, ambas partes tienen razón.
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